El viaje de Liliana

El viaje de Liliana

 

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TENÍA 27 AÑOS CUANDO decidí dejar Colombia e irme a España a buscar empleo. Conseguí apalabrar uno en casa de una familia de Teruel, al que debía incorporarme en junio, pero tuve problemas para obtener los papeles necesarios y cuando por fin llegué allí, en septiembre, había perdido el trabajo.

No contaba con el frío, la soledad, ni con no tener dinero para la comida, el transporte o el alquiler. Durante algún tiempo caminé muchísimo buscando trabajo, comí de lo que la gente se dejaba. En algún sitio de caridad me recomendaron pedir en las iglesias y una señora me acompañó a una tienda donde pude comprar ropa usada a bajo precio. Nunca había estado en una situación tan precaria. Toqué fondo. A los 6 meses encontré trabajo en hostelería y fue así como conocí a José María. Él era agente de Policía. Poco a poco se fue enamorando de mí, aunque tardo mucho en admitirlo. Durante un tiempo se mantuvo a una distancia prudencial. Supe que era supernumerario del Opus Dei. Yo no sabía lo que era aquello pero en aquel momento no quería saber nada de Dios.

Jamás había conocido a un chico que me tratara con tanto respeto, delicadeza y caballerosidad. Pero sus amigos le decían que las chicas latinas eran problemáticas y mi vida, realmente, lo había sido…

 

 

1978. Paipa | Colombia


MI MADRE PROVIENE DE PAIPA (COLOMBIA), de una familia de seis hermanos. Vivía en un ambiente de machismo y maltrato y en su infancia recibió mucha violencia. Mi abuelo era alcohólico y cuando llegaba a casa pegaba a mi abuela.

De mi padre sé poco. Mi madre lo conoció con diecisiete años y salieron algunas veces. Fruto de uno de esos encuentros nací yo. Cuando ella le contó que estaba embarazada no quiso reconocerlo.

“Ese bebé no es mío”- dijo, y se quitó de en medio.

Al saber que estaba en estado, mi abuela y mis tíos la echaron de casa. Tuvo que ponerse a trabajar en hogares de familia donde también le daban alojamiento. Como cada vez se notaba más el embarazo llegó un momento en que ya nadie quiso contratarla. Si no llega a ser por una amiga que le ofreció una habitación, nazco en la calle. En aquel cuarto vivimos hasta que yo tuve cuatro o cinco años. Al principio solo tenía el techo y las paredes, más adelante una pequeña estufa y una cama en el suelo.

Lo recuerdo perfectamente, como el ir y venir de lado a lado con ella, en constante estado de supervivencia, porque la vida de una madre soltera allá está llena de penurias. La veía muchas veces deprimida por la situación y por cómo la trataban.

 
 

Teníamos un apego muy grande entre las dos porque no contábamos con nadie más. Todo giraba alrededor de lo que me decía: te tienes que portar bien, te tienes que quedar aquí. Y yo siempre trataba de complacerla, intentando no llamar la atención detrás de las puertas, porque era pequeña y no tenía más remedio que llevarme a todas partes; pendiente de las normas básicas de educación, para que la gente se acostumbrara a mí. Sabía que cualquier error podía ser contraproducente para ella.

Con cuatro años le dije: “madre, cuando sea grande voy a tener mucho dinero y no va a tener que trabajar nunca más”. Yo, para ella, era una alegría, pero también una incertidumbre. Me abrazaba, me besaba, como si dijera: “hoy hemos comido, hemos superado un día más juntas".

La de mi madre fue una maternidad forzada. Tenía diecisiete años, estaba completamente sola y de fondo pensaría que, de no ser por mí, no habría perdido su juventud.

 
 

1983. Bogotá | Colombia


CON CINCO AÑOS NOS FUIMOS A BOGOTÁ a trabajar a casa de una familia adinerada. De aquel tiempo guardo recuerdos muy felices. Eran una mujer y cuatro hijos a los que tuvo que sacar adelante sola porque el esposo no vivía con ellos.

Aquella familia se encariñó mucho conmigo pero sólo pudimos estar un año porque allí no podía continuar mis estudios, y volvimos a Paipa. Hasta que tuve doce o trece, vivimos en habitaciones, con derecho a baño y cocina compartidos. Cuando no teníamos para el alquiler o había algún problema con los vecinos o inquilinos, nos echaban o nos íbamos. Estuvimos en muchísimos sitios. En Paipa mi madre volvió a atender casas de familia pero como yo ya era mayor, no me podía llevar con ella. Después, la contrataron en un hotel como cocinera, con una jornada de 14 a 22 horas. Como nuestra vivienda era comunal, me dejaba cerrada con candado y le daba la llave a una vecina, con orden de dejarme salir solo si necesitaba ir al baño. Era la única manera de que no me ocurriera nada. Yo volvía del colegio y me pasaba las tardes metida en aquella habitación. Así estuve años.

Me dejaba cerrada con candado y le daba la llave a una vecina.

A mi madre le preocupaba, claro está, y me mandó a vivir con mi abuela, pero durante muy poco tiempo. Su familia nunca nos quiso demasiado porque veían a mi madre como la oveja negra: la hija mayor y un mal ejemplo para los demás. Cuando estuve allí jugaba con niños, pero no estaba acostumbrada y mis tíos a veces me pegaban. Los mejores ratos los pasé en casa de una vecina que tenía varias hijas, juguetes y una televisión.

Mi madre respondía al desapego de su familia con agresividad y se escudaba en el enfado para que nadie se metiera en su vida. Defendía lo suyo como una leona. Cuando tuve siete años, la familia de Bogotá llamó a mi madre para trabajar otra vez pero no quiso volver. La señora llegó a proponerle mi adopción pero a ella le pareció que se iba a quedar sin hija.

A pesar de todo, allí pasé temporadas largas, de una o dos semanas, entre los siete y los doce años. Aquella mujer me quería muchísimo y me incentivó para que estudiara y fuera a la universidad. Para mí aquella familia era de cuento: me llevaban de paseo, me compraban cosas, me hacían sentir importante. Un espejo donde yo me miraba. “Si estudias, puedes ir por este buen camino”.

Pero luego volvía a casa y si mi madre recibía una queja o una nota regular, me pegaba. Yo creo que se sentía atada conmigo y eso le ponía nerviosa. Yo tenía siete años y ella veinticuatro; edad de echarse novio. Éramos una madre joven y su hija en ese entorno comunal, donde había de todo menos intimidad y seguridad. La falta de un padre hizo que las dos estuviéramos más expuestas a los hombres y desprotegidas. Nos cuidábamos como podíamos y aún me sorprende que, en aquel tiempo, no me ocurriera nada grave.

 
 
 
 
Hubo una persona importante en mi vida: mi amigo Willington. Hoy es el padre Willington.

Hubo una persona importante en mi vida: mi amigo Willington. Fue compañero de colegio, en Paipa, y de universidad, en Tunja. Hoy es el padre Willington y sigo manteniendo una buena amistad con él. Mi amiga Jenny y él eran mi paño de lágrimas: les contaba de mi vida, de mis encierros, lloraba con ellos...

Mi madre solo iba a Misa de vez en cuando pero, como la familia de Jenny acudía con asiduidad, yo iba para verlos a los dos. La Misa era mi escape. Willington hacía de acólito y yo, entre una cosa y otra, hice la Primera Comunión. Aunque después ya no fui más a comulgar ni a confesarme. Me daba vergüenza y miedo, supongo.

Fue mi primer contacto con Dios, aunque no muy recto, la verdad: para ver a mis amigos y a algún chico que me gustaba.

A mi padre lo veía de vez en cuando. Desde los cuatro años mi madre me obligó a buscarlo porque lo había demandado por no pasarnos dinero. Él me decía: “metete en la cabeza que no eres mi hija”, a pesar de que las pruebas de ADN lo confirmaban. Insistía en que no lo saludara delante de los amigos, porque se había casado y tenía hijos. Yo no quería ir pero mi madre me mandaba. Y cuando volvía siempre me preguntaba: “¿cuánto te dio?” Y yo inventaba una excusa: que me había dicho que no tenía tiempo o dinero...

Un día estaba borracho, fue a por mí y me llevó a su casa para que conociera a su mujer. Ahí se acabó mi relación con él. A los doce o trece años le escribí una carta en la que le decía que no se preocupase más, que no volvería a molestarlo. Que comprendía que tenía una familia y no quería hacerle daño. Bastaba con que le pasara a mi madre el dinero. También le dije que cuando yo estuviera económicamente bien, iría a verlo.

 
 
 
 

A mi madre se le acabó el trabajo en el hotel pero se enamoró perdidamente de un chico que no era bueno y no la quería bien. Yo, que ya era adolescente, y sabía que mi madre había pasado mucho, me preocupaba por ella. “Otra vez la misma historia no, por favor”.

Un día me contó que se había quedado embarazada y que iba a abortar, tenía cita ese mediodía en la clínica. Yo le pedí que no lo hiciera. El chico llegó a casa, se puso a golpear la puerta y a gritar que tenía que acabar con eso, que no le iba a complicar la vida. Yo escuchaba todo porque estábamos en la misma habitación. Entonces le dije a mi madre: “No haga eso, por favor. Yo me hago cargo de todo, me pongo a trabajar y entre las dos sacamos a ese niño adelante; pero no haga eso”.

Ese día fueron unos sacerdotes al colegio y nos dieron unas estampas. A mí, no sé por qué, me tocó un bebé sonriente. Debajo de su cara había un pequeño cartelito para escribir y yo puse: “Mamita, por favor, no acabe con el bebé que yo le ayudo a sacarlo adelante”. Se la entregué a mi madre a la hora de comer. Dieron las dos de la tarde y mi madre no fue a abortar.

Empecé a trabajar los fines de semana en una panadería que tenían mis tíos en un lugar bien situado de la ciudad. Trabajaba mucho y me pagaban poco, pero era suficiente para vivir. La señora de Bogotá, que tanto se había encariñado conmigo, siguió ayudándome, también económicamente.

(Antes de venir a España fui a visitarla para contarle cómo me iba la vida y ella me llamó después para saber si el viaje había ido bien. Hace algún tiempo supe que murió en un accidente. Me alegré de haber podido agradecerle todo lo que había hecho por mí.)

A los dieciocho años terminé el colegio. Los dos últimos cursos fueron costosos porque en la escuela me exigían más cosas y tenía que trabajar, porque no había dinero en casa.

 
 

1998. Universidad de Tunja | Colombia


MI MADRE SEGUÍA SALIENDO CON AQUEL HOMBRE pero yo ya era mayor de edad, había empezado la universidad y vivía de mis propios medios. Entre semana estudiaba Psicopedagogía en Tunja pero el fin de semana regresaba a Paipa y me ocupaba de mi hermana. Él ejercía el papel de padre en casa y yo trataba de impedírselo cuando iba. Mi madre y yo empezamos a tener conflictos. Yo le decía que él no las quería –de hecho, no reconoció a mi hermana hasta que tuvo cinco años- y, ella, que no me metiera en su vida.

En la universidad estudié mucho para tener derecho a beca. Les conté a los profesores que estaba sola y me echaban una mano cuando no tenía dinero. Poco a poco fui sacando la carrera. Salía con chicos pero la figura masculina me producía rechazo. Para mí significaba embarazo y vida arruinada. No quería que me pasara lo mismo que a mi madre y me hice un escudo. Tuve algunos novios pero los hacía sufrir y los manipulaba, por inmadurez. Además, seguía bajo la influencia de mi madre, que contaba conmigo para que me ocupara de la niña. Me pesaba mucho su opinión. Si un chico no le gustaba, lo dejaba.

En aquella época pasé muchas necesidades. Había días que no tenía para transporte, ni para alquiler, ni para comida. Un día que ya había llegado a una situación crítica y había dicho a los profesores que no podía seguir estudiando, encontré una iglesia abierta. Me puse a rezar y a llorar, pensaba que no podría terminar la carrera.

A la salida tenía que hacer unas prácticas en un colegio y me sinceré con la profesora. Ella me ofreció una de sus casas que no conseguía alquilar, sin pagar nada. Fue como si me hubieran puesto un ángel. Yo le dije: “por lo que ha hecho hoy, va a vender esa casa”. Y a los cuatro meses la vendió. Pero habló con el comprador y pude quedarme en ella hasta terminar mis estudios. También se lo conté a mis amigas de la universidad y acordamos que yo cocinaría para ellas a cambio de un poco de dinero. De esa manera salí adelante.

En aquella época pasé muchas necesidades. Había días que no tenía para transporte, ni para alquiler, ni para comida.

Cerca de donde yo estudiaba se venera a la Virgen del Milagro. Yo iba allí para agradecerle la oportunidad de estudiar. Empecé a acudir los días de fiesta y los jueves, en que había Exposición al Santísimo, aunque no sabía lo que era aquello. Con Willington hablaba de muchas cosas, pero nunca me explicó eso, la verdad.

Terminé la universidad y me puse a buscar empleo, pero sin dejar a la Virgen del Milagro. Hacía la novena, sentía que no podía dejar de hacerlo. Mi madre volvió a hacer su vida pero respetó mi norma. Él ya no vivía en casa y cuando yo llegaba tampoco aparecía por ahí. Pero mi hermana empezó a tener un poco de relación con su padre y, como yo había estudiado Psicopedagogía, me di cuenta de que la que estorbaba era yo.

 
 

2002. Casanare | Cordillera de Los Andes colombianos


PARA ENCONTRAR EMPLEO TENÍA QUE IR al Ministerio de Educación pero en Colombia debes tener un apoyo influyente para trabajar donde quieres y yo no lo tenía. Me puse a trabajar en casas de familia y di con una profesora cuyo esposo trabajaba en el ministerio, que me ayudó con una oferta de empleo. En el proceso conocí a un supervisor que se ofreció a ayudarme.

Fui un poco ingenua y empezó a hacerme insinuaciones y proposiciones. Cuando me di cuenta, me negué. Insistió tanto que un novio que yo tenía tuvo que pararle los pies. Pasé la instancia pero aquel hombre me dijo que, por lo sucedido, cada vez que viera mis papeles, los echaría para atrás. No me quedó más remedio que depositarlos en una bolsa para la zona roja. Allí te pagaban el doble, pero es el lugar donde se refugia la guerrilla.

En 2002 me destinaron a un pueblo del Departamento de Casanare, en la selva, a quince horas de viaje en autobús por trochas que serpentean entre los desfiladeros. Al llegar vi un núcleo de casas de madera. Yo imaginaba que si ibas allí, trabajabas y no te metías con nadie, no pasaría nada.

Esperaba ver por algún lado la guerrilla pero, al cabo de unos días, me di cuenta de que todo allí era guerrilla, de las FARC o del ELN (grupos armados ilegales). Más abajo, en Arauca, estaban los paramililitares, que era a los que más se temía.

Me instalé en casa del rector del colegio y comencé muy pronto el trabajo en el Instituto Técnico Agrícola. Había quinientos estudiantes, muchos de ellos hijos de madres solteras y con conflictos y casos de violencia intrafamiliar. Organizamos una serie de proyectos y empecé a hacer fichas de antecedentes familiares y académicos de los niños. Así me di cuenta de que casi todos eran hijos de familias de la guerrilla. También visitábamos las escuelas más desfavorecidas de la zona, dábamos de desayunar a los niños de los alrededores, organizábamos actividades de costura y manualidades para madres, etc.

Al cabo de unos días, me di cuenta de que todo allí era guerrilla, de las FARC o del ELN.

El trabajo era mucho pero gratificante. Al principio daba miedo pero el cariño de los niños te acababa conquistando. Procurábamos que estuvieran contentos, involucrábamos a los mayores en el cuidado de los pequeños para que no hubiera enfrentamientos; hacíamos con ellos trabajos por la paz, orientábamos a los adolescentes, realizábamos capacitaciones.

A veces llegaba un cargamento de armas y entonces todos salían corriendo a ayudar.

Ellos me enseñaron muchas cosas. Estaban muy unidos en las dificultades, cuidaban de la naturaleza (no dejaban talar, ponían a los estudiantes a sembrar árboles), se preocupaban por la gente, por aconsejarte sobre cómo evitar las minas “quiebrapatas”... Cuando el colegio tenía alguna necesidad, todos ayudaban, porque los recursos no llegaban allí.

 

 
 

 

Yo me ceñía a mi tarea pero quería salir cuanto antes. No me dejaron. Me dijeron que tenía que terminar el periodo establecido. Probablemente pensaban: “esta chica viene, saca información y deja su trabajo a medias”. Procuraba volver a casa a menudo y pasaba más miedo en los viajes en autobús que en el pueblo donde trabajaba.

A veces nos paraban, hacían reconocimientos y te dabas cuenta de que te tenían fichada. Bajaba gente que no volvía a subir. Luego, te enterabas de que habían desaparecido o muerto. En esos momentos, yo empezaba la novena a la Virgen del Milagro y agarraba el rosario.

En 2002 irrumpió el ejército en aquella zona y me encontré en una situación muy comprometida porque, por mi trabajo, tenía datos de las familias y podía ser una fuente de información provechosa. Unos pensaban que pertenecía a la guerrilla y los otros que era una informadora. Estaba entre la espada y la pared y mi vida corría peligro.Sin embargo, la entrada del ejército provocó que la guerrilla se fuera a otra parte y, al final, pude salir de allí.

La vuelta a casa era un problema y me prometí a mí misma que mi vida tenía que dar un giro copernicano. Así que decidí ir a España y empezar de cero mi vida laboral.

 
 

2005. Teruel | España


LA SALIDA DE COLOMBIA y la dureza de mis primeros meses en España me apartaron de Dios como nunca lo había estado. Había vivido muchas situaciones complicadas en las que rezar fue siempre el antídoto necesario para continuar, pero ya no me quedaban fuerzas y me sentía traicionada.

Cuando todo parecía perdido conocí a José María. Al principio, no quería salir con él porque sentía que no merecía ese amor, que no tenía derecho a que me quisieran tanto. Pero me fui enamorando cada vez más. Me enamoraron sus ojos. Unos ojos verdes, transparentes.

Con el tiempo, nuestra relación se fue estrechando. Siempre me preguntaba si me sentía bien, no me presionaba, no entraba en mi casa nunca. Vi todo tan bonito, con esa fragilidad...

Cuando todo parecía perdido conocí a José María.

Hablábamos mucho. Él me animaba a confesarme, a que buscara orientación espiritual, pero yo sentía que Dios me había dejado de su mano. Entre Él y yo había un muro que yo no podía tirar.

En cambio, con José María me sentía muy libre aunque todavía tenía miedo de embarcarme en un matrimonio. Solo tenía que lanzarme para ser feliz pero no me atrevía a hacerlo.

Finalmente, en 2009, nos casamos. Le había contado que tenía un problema de prolactinemia y que en Colombia me habían hecho análisis y me habían dicho que no podría tener bebés. Lo tenía asumido desde hacía tiempo. José María estaba tranquilo. Él decía que si Dios lo quería, tendríamos, pero que había que pedirlo.

Al poco tiempo me quedé embarazada. Mª Alejandra fue una grandísima alegría para los dos. Cuando tenía tres años empezó a ir a Misa con su papá. Yo no les acompañaba. Era una buena madre pero seguía con mi coraza. Y aquella lejanía de Dios pasaba factura en la vida familiar. Un día, Mª Alejandra me dijo que había rezado por mí. ¡Aquello fue demoledor!

 
 

2010. Badajoz | España


POR AQUELLAS FECHAS VINO A VERNOS un sacerdote amigo, de Ceuta, donde habíamos pasado una temporada por trabajo de José María, y nos dejó un video de la Virgen. Empecé a verlo. Una noche a las dos de la mañana sentí una necesidad muy fuerte de confesarme, como un ansia que no me dejaba. “Voy a hacerte caso y me voy a confesar”.

Fuimos al santuario de Chandavila (Badajoz) donde se venera a la Virgen de los Dolores. Antes, había buscado en internet un examen de conciencia y me había preparado. Era 14 de agosto, justo antes de la fiesta de la Asunción de la Virgen, cuando hice una confesión profunda.

Voy a hacerte caso y me voy a confesar.

Cuando el sacerdote me dio la absolución… ¡Sentí una paz! Como si hubiera pasado una brisa. Ya solo me quería morir… me pareció que es lo que uno debe sentir cuando se va a ir al Cielo.

Ya no me importaba el pasado, el presente, el futuro, nada. Me había reseteado. A partir de entonces quise rezar el Rosario, volver a Misa. José María debió de pensar que me estaba volviendo loca. Pero Dios me había perdonado y ya no quería volver a soltarlo nunca.

Cuando bajé de aquella nube, pensé: “necesito dirección espiritual”. Y nuevamente Dios salió a mi encuentro. Empecé a trabajar como auxiliar docente en Puertapalma, un colegio de Badajoz cuya formación espiritual está encomendada a sacerdotes del Opus Dei. Allí me enseñaron a tratar a Dios, a vivir las virtudes. Mi vida mejoró mucho. Estaba feliz y la familia lo notaba.

En el colegio me ocupé también de la atención del oratorio. Una vez que estaba pasando el polvo con mucho ahínco a una fotografía enmarcada de San Josemaría, fijándome en su rostro sonriente que pareció que me miraba. “No te rías –musité- que solo te estoy limpiando las gafas. Y no te hagas ilusiones, que no me voy a hacer del Opus Dei”.

Mi marido me hablaba de la Obra pero yo no quería saber nada.

Otro día, en el oratorio me pasó lo mismo, y me encaré con la fotografía: “Si tengo que ser de la Obra házmelo saber, pero rápido”.

El 19 marzo, día de San José, volví a sentir aquella inquietud. Fui a buscar a Concha, una amiga de la Obra, y le dije: “Tengo que decirte algo”. Ni siquiera sé por qué lo hice, nunca antes lo había pensado, pero lo que salió de mi boca fue: “quiero ser del Opus Dei”.

A lo largo de este último año he pensado mucho en mi vida. Yo podía haber tenido otra trayectoria, mucha gente con mis circunstancias acaba mal. Y sin embargo aquí estoy, casada, feliz. Tengo el corazón en paz. Mi madre pasó recientemente tres meses en casa y pudo conocer y tratar a sus nietos. Con ocasión de una peregrinación al santuario de Fátima, y tras mucha oración, se confesó después de cuarenta años.

A mi padre le busqué hace seis años y le dije: “¿recuerda que le prometí que cuando estuviera bien lo buscaría? Pues estoy bien, vivo en España, y quede tranquilo que le perdono”. Fue José María quien me animó, al poco de conocernos. Me dijo que tenía que cumplir aquella promesa y perdonarle de corazón. Mi padre no me dijo nada, se sonrió, me preguntó un par de cosas, me invitó a un refresco y me pidió el teléfono.

Después de Mª Alejandra, vino Juan Pablo, que es la alegría de la casa. Aún no lo saben pero tanto José María -que también proviene de un hogar con dificultades-, como yo volcamos en ellos todo el amor que a nosotros nos faltó. Sabemos que no podremos darles ni casa ni herencia pero sí toda la atención materna y paterna, cariño y formación en valores, para que crezcan en libertad. Más que para nadie, nosotros sabemos que los hijos son un regalo de Dios, un préstamo que él nos hace.

 
 
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No sé cómo pero Dios ha ido atando los cabos sueltos. Me he preguntado muchas veces por qué Dios me ha hecho pasar por todo esto. Mi vocación me ha ayudado a entender que estoy preparada para lo que Él quiera: sé vivir en la pobreza, sé estar sola. Mi misión, ahora lo sé, es formar la familia que yo no tuve y descubrir a muchas personas que han pasado por circunstancias parecidas a las mías que Dios existe, que te guía y que siempre está a tu lado. Por eso quiero contarlo.


¿Quieres conocer la historia de Jose María, el marido de Liliana? Leer
 

 


Texto: Cristina Abad

Fotografías: Ismael Martínez Sánchez
Diseño: Amaya Sánchez-Ostiz y María Sahuquillo