“VEO LA IGLESIA COMO un hospital de campaña tras la batalla. Curar heridas, curar heridas…”. Desde el principio de su Pontificado, el Papa no ha dejado de repetir esta contundente metáfora. Y si la Iglesia tiene que ser un hospital, cada parroquia, cada monasterio, cada santuario, tendría que ser, al menos, un dispensario de estos primeros auxilios.
En pleno Pirineo aragonés, muy cerca de Huesca y a 24 km de Barbastro, el santuario de Torreciudad cumple 40 años. Entramos en la sala de mandos de este templo y un rector saliente —Javier Mora-Figueroa— y otro entrante —Javier Cremades— nos cuentan cuál es el secreto de este hospital del corazón.
EL SANTUARIO ESTRENA nuevo rector: Javier Cremades, un carismático sacerdote aragonés que es famoso, además de por su sentido del humor, por su capacidad de movilizar todo evento religioso que se precie. A cualquiera que lo conozca no le extrañará que en su estado de whatsapp tenga el “Hagan lío” de Francisco. Hasta ahora, trabajaba en una iglesia madrileña y, desde ahí, fue una pieza importante en la organización de la JMJ de 2011 en Cuatro Vientos.
Su buen trabajo y sus esfuerzos —a base de bromas no hubo parroquia, grupo o institución de jóvenes que se librara de sus tradicionales “marrones”— le valieron el cargo honorífico de Monseñor y un fajín morado que se pone sólo en las grandes ocasiones.
Antes de sacerdote Javier Cremades fue médico y, como médico, entra enseguida al trapo de la metáfora. “Pues claro que esto es como un hospital, un gran hospital de campaña como dice el Papa, donde la gente llega muy herida y hay que llegar a lo profundo del ser humano, a lo profundo del corazón, que es lo que hay que arreglar. Hay que cerrarle las heridas que tiene, porque viene desgarrado, y meterle en el quirófano, donde la Santísima Virgen, cuando uno se deja —e incluso cuando uno no se deja porque la Virgen sabe entrar—, cura”.
“El mundo —continúa Javier— está muy enfermo. Tenemos poca salud. Basta ver los telediarios. Hay muchas enfermedades del corazón en nuestra sociedad, mucha incomprensión, mucho desamor, mucha pena o soledad… Por eso el Papa habla tanto de la misericordia, de la necesidad de perdonarnos y de pedir perdón a Dios”.
Cremades nos explica que esa es la razón de los cuarenta confesonarios que quiso san Josemaría que hubiera en Torreciudad y que, paradojas de la vida, se convirtieron en diez más por una bomba que puso ETA en el año 1979 y que amplió el espacio para edificar.
EL SANTUARIO ESTÁ DEDICADO a la Virgen de Torreciudad y está construido a pocos metros de la antigua ermita donde, desde el siglo XI, se veneraba una pequeña talla de una Virgen negra. Es san Josemaría Escrivá de Balaguer el que promueve la construcción del santuario. Se encargó el proyecto al arquitecto valenciano Heliodoro Dols que basó su construcción en el ladrillo, un material bastante económico y muy abundante en la zona.
El antiguo rector, Javier Mora-Figueroa —un sacerdote que en su juventud fue teniente de navío y que todavía, pese a sufrir una grave enfermedad, sigue teniendo pinta de capitán de barco—, nos hace ver que la verdadera rectora es la Señora. O, en términos hospitalarios, ‘la cirujana jefe’.



“No sé si os habréis dado cuenta de que la Virgen sonríe –nos dice— bueno, rectifica, no os habréis dado cuenta porque está fatal iluminada. No han conseguido iluminarla como Dios manda. Esa es mi asignatura pendiente, me voy a ir de Torreciudad sin conseguirlo. Pero, si os fijáis, la Virgen sonríe. Una vez me escribió un señor para contarme que tenía una nieta ciega que quería conocer Torreciudad y preguntaba si sería posible que le dejara tocar cosas del santuario.
Yo les dije que vinieran y que todo lo humanamente tocable lo tocarían. La niña tenía 10 años, iba con sus abuelos y le fui explicando el santuario. Fuimos al rectorado donde hay una réplica exacta de la talla de la Virgen y la niña empezó a acariciar la cara y exclamó “la Virgen está sonriendo”. Yo me emocioné porque lo que muchos no sabíamos ver y que nos resulta tan necesario –la sonrisa de una madre— lo habían captado las manos de una niña ciega”.
Javier Mora-Figueroa sigue hablando de la mirada de la Virgen, de sus ojos, de su corazón, lo hace con la voz algo rota por la enfermedad —y sus muchos años de fumador empedernido— y acudiendo a la poesía. Dejamos la libreta, damos señal al cámara y le dejamos contarlo en primera persona.
Desde hace mucho tiempo, se considera a esta advocación de la Virgen abogada del mal de alferecía y muchos enfermos acuden a ella para curarse de estos ataques epilépticos. “Un día —relata Javier Mora-Figueroa— me encontré con una pareja de ancianos aragoneses que tomaban el sol al lado de la ermita. Me dijeron que venían todos los años porque la Virgen había curado a su mujer. Sufría de alferecía y le rezaban mucho cada vez que la mujer tenía un ataque. Un día el ataque fue más fuerte, el marido se hartó e increpó a la Virgen: ‘O la curas o la matas’. La mujer se curó. Cada uno pide como es y ya se ve que la Virgen entiende la exigencia de un baturro”.
En algunos documentos antiguos esta intercesión particular se amplía a los males del corazón y a otras enfermedades como la meningitis. La importante devoción a esta imagen de la Virgen se traduce en todo tipo de peticiones.
Nos cuenta Javier Mora-Figueroa que san Josemaría siempre se planteó Torreciudad como un lugar de milagros espirituales. “Él decía que, si trabajamos bien —su mensaje es la santificación del trabajo— haríamos muchos milagros materiales: habría menos hambre, menos desigualdad, podríamos luchar contra las enfermedades y muchas, la mayoría, vencerlas. Sin embargo —continúa— los hombres no podemos hacer milagros espirituales: ni conversiones, ni reconciliaciones… Esos los tiene que hacer Dios. Y los hará, muchos, a través de su Madre”.
LLEGA EL MOMENTO DE CONOCER al equipo médico, o dicho de otro modo, a las personas que con su trabajo diario, a ras de tierra y la mayoría de las veces absolutamente escondido, facilitan que la Virgen de Torreciudad pueda hacer sus curas y operaciones.
Nos reciben Manuel Agraz y Ángeles Almoneda que trabajan en la Oficina de Información. Ella afirma que, a veces, tiene que aclarar que Torreciudad no es un santuario sólo para las personas del Opus Dei. “Quizás, como quien impulsó que aquí se hiciera un santuario fue san Josemaría la gente piensa que es un coto cerrado, dice Ángeles, pero ¡ésta es la casa de la Virgen, y la Virgen recibe a todos, cómo no los va a recibir!”.
Cuando preguntamos a Manuel qué es lo que más le llama la atención a los visitantes de Torreciudad nos da una contestación muy poco celestial: la limpieza de los baños y lo cuidado que está todo.
Detrás de esta afirmación —que comprobamos con nuestros propios ojos— está el trabajo de ocho mujeres. “Limpiamos todos los días, nos dicen. Por eso es más fácil mantener bien las cosas”.
Entran temprano a trabajar y apenas saben de la gente que acude al santuario. “No vemos a los peregrinos, pero muchas veces nos han llegado noticias de personas que se confiesan después de muchos años o que llegan sin tener fe y aquí la recuperan. Es bonito pensar que nuestro trabajo puede cooperar a algo tan grande y profundo”.
A este equipo de mujeres le ayuda otro equipo: el de mantenimiento. Nueve hombres que se reparten entre las profesiones más variadas (soldador, electricista, jardinero…). Todos coinciden en señalar que, aunque no es imprescindible creer para trabajar en el santuario, la fe ayuda mucho. “Todo gira en torno a la Virgen, trabajamos para Ella y notamos mucho su ayuda”.
Leo Ortega es argentino y forma parte del equipo de conserjes. Llegó en el 2003 a España donde conoció a su mujer. Nos cuenta que, en sus años de trabajo en el santuario, ha visto a la Virgen deshacer muchos entuertos: “Me acuerdo de una pareja de hermanos enfrentados, que no se hablaban, y que se reconciliaron después de estar aquí. Se nota que el corazón de la Virgen está vivo y toca, golpea”.
“La gente llega y, aunque no te conozcan, abren su alma y cambian. Pero si queréis una historia en primera persona puedo contar la mía. Mi mujer y yo llevábamos diez años casados y no habíamos tenido hijos. Estábamos ya casi resignados, pensábamos que nuestra misión iba a ser educar a los hijos de otros…pero la Virgen tenía otros planes y hoy tenemos a nuestro hijo, Santiago”, relata Leo.
Torreciudad está vigilado 24 horas los 365 días al año. Cuatro hombres se turnan para hacer este arduo trabajo; muchas veces aburrido y pesado, pero siempre necesario. El trabajo de los conserjes es fundamental, son algo más que camilleros que trasladan a los pacientes de un lado al otro de la explanada. Además de servir como guías y explicar la historia del santuario, se ocupan de todo lo que tiene que ver con las diferentes celebraciones litúrgicas.




En nuestro recorrido por este sanatorio-santuario habrá varios momentos en los que subamos de lo más prosaico a lo más sublime. Ahora, de la caseta de Julio al imponente órgano de Torreciudad. De las propiedades curativas de la música no hay quien dude y menos en un lugar como éste. Desde hace más de ocho años, Maite es la organista oficial de Torreciudad. Nos recibe en una curiosa galería donde, además de un pequeño órgano donde realiza sus ensayos, guarda discos, libros, partituras y una original colección de instrumentos desconocidos para la mayoría de los mortales.
“Me gusta subir a los visitantes aquí, y que los niños toquen lo que quieran. Además siempre tengo unas cervezas en la nevera para compartir”. Desde las alturas y majestuosidad del órgano, Maite ve poco, no conoce a la mayoría de los que la están escuchando, pero sabe que la música ayuda a rezar y, no pocas veces, es un canal definitivo para que la gracia de Dios llegue al corazón de las personas.
“Recuerdo un matrimonio mexicano que se encontraba en una situación muy difícil, habían decidido separarse, cosa que yo, por supuesto, no sabía, como tampoco sabía que uno de los temas que toqué era una de las piezas que sonaron en su boda. Aquella pareja afirmaba que ese día comenzó su reenamoramiento”.
“También recuerdo otra historia muy conmovedora: suelo tocar mucho la pieza Toma Virgen pura, es una canción popular que me gusta. Un día vinieron un grupo de sacerdotes franceses, de Toulouse, y yo la toqué. Bajito, para no molestar, como música de ambiente. En ese momento uno de los sacerdotes rompió a llorar y, después de la Misa, me preguntó cómo se llamaba la canción. Me contó que, en la Segunda Guerra Mundial, cuando él era muy pequeño, su madre le tatareaba esa melodía para tranquilizarlo cuando tenían que refugiarse en el búnker. Aquel hombre no había vuelto a oír esa canción hasta que la escuchó aquí”.
A Javier Cremades le ayudan en el día a día del santuario tres sacerdotes más. Agustín Marraco, Ricardo López Pardo y Luis Miguel Álvarez. Por sus manos han pasado muchos enfermos incurables del alma que han encontrado la salud espiritual en este santuario. Por ese motivo, dedican muchas horas de su jornada laboral a la especialidad de la casa: la confesión. “Recuerdo que un día –relata Agustín- al abrir el santuario me encontré a un señor que me dijo que quería confesarse. Se había despertado a las tres de la mañana y, desvelado, se puso a ver un canal de televisión un documental sobre san Josemaría. En ese momento decidió venir desde Barcelona a Torreciudad para confesarse”.
A LO LARGO DE ESTAS HORAS hemos conocido a la cirujana jefe, a dos directores médicos y al resto del equipo sanitario. Nos han contado las entretelas del hospital y también hemos conocido a algunos de los enfermos curados.
José Alfonso Arregui, director de Comunicación, nos enseña el libro de firmas de la ermita. Es un libro donde los peregrinos van escribiendo sus peticiones y deseos. Hay en esas páginas heridas para todos los gustos. Algunas en carne viva, otras curadas y cicatrizadas: parejas recién casadas que piden con entusiasmo, pan e hijos; matrimonios rotos que rezan a la Virgen que salve lo insalvable. Hay grafías temblorosas por el efecto de las drogas: “Madre mía, límpiame”; y letras de madres desesperadas que piden por hijos que se han alejado mucho de ellas. Hay trazos enérgicos de sacerdotes recién ordenados y frases a trompicones de curas ancianos que han gastado sus vidas
Hemos conocido a una de esas mujeres, una madre que durante doce años rezó por un hijo gravemente enfermo. Desde que era un adolescente, un serio trastorno psíquico le hizo dar tumbos de la droga a la violencia y de la violencia a los intentos de suicidio. Hasta que una mañana, el chico decidió acompañar a su madre a Torreciudad, se confesó y comenzó una nueva vida. Aquel día las campanas del santuario tocaron y su repique sigue sonando para esa familia diez años después.
También hemos podido hablar con otra madre que nos cuenta como, por una serie de circunstancias familiares, se fue alejando de los suyos. Era una mujer de fe que, sin embargo, terminó rechazando a Dios, a su marido y a sus hijos. Estaba sola y su vida se había convertido en un infierno. Un día accedió a la petición de su hija: “Mamá, por qué no vienes conmigo a Torreciudad”. Esa tarde, encontró el camino de vuelta. Ahora, a pesar de sufrir un cáncer terminal, confiesa que es feliz. “Las heridas del alma son mucho más dolorosas que las del cuerpo”.
Vamos terminando nuestra visita. Mientras salimos del santuario, reparamos en la gran cantidad de niños que se ven por la explanada. Nos lo advirtió Ángeles: “Este es un santuario para todos, también para los niños que aquí no molestan, al contrario”. También nos habló el rector que, en dos meses, ha bendecido a cuatrocientos niños, entre ellos a la familia Sarsanedas que ha venido a Torreciudad con sus siete chavales.
No hay mayor símbolo de salud que la infancia. Quizás no sea casualidad que la última imagen que nos llevamos de este hospital del corazón sea la de unos niños. Quizás es que, además de cirujana jefe, la Virgen es también médico de familia, o pediatra… Pero eso daría para otro reportaje.
COMO REGALO DE DESPEDIDA, nuestros anfitriones nos sugieren subir a lo alto de la torre, donde en apenas un metro cuadrado, entre antenas y pararrayos, la vista nos regala una panorámica de 360º de naturaleza viva, fuerte, imponente. La calma de la explanada desaparece con un fuerte viento que hace imposible la conversación y sólo queda observar. A lo lejos se ve el Pirineo francés, el pantano con su doble vertiente y la extensión de las comarcas de Sobrarbe y Ribagorza. No es extraño que, como nos cuentan al bajar, la subida a la torre sea el momento favorito de los chavales que vienen con los colegios. El azul celeste del agua se aprecia más desde la altura —tanto que una de las leyendas que corre es que se pusieron azulejos en el fondo del pantano—, la vegetación que alterna tramos agrestes con otros de un intenso verdor, es un espectáculo de color.
Los pueblos del entorno de Torreciudad están llenos de arte en piedra, y no sólo románico: Graus, Aínsa, Fonz, Roda de Isábena, Alquézar, Abizanda y algo más allá, San Juan de la Peña y Jaca. Tan idílico es el enclave que en pocos kilómetros encontramos a una comunidad de monjes budistas en Panillo, y un grupo de familias okupas en Mipanas que viven en el pueblo desde hace años.
Existen también bonitas historias como la de los pueblos rehabilitados a los pies del pantano. Hasta uno de ellos, Ligüerre de Cinca, nos acercamos antes de iniciar el camino de vuelta. José Antonio Rufas es gerente de este curioso proyecto de rehabilitar un pueblo para usos turísticos sociales y agropecuarios, Que ahora, además de ser un lugar de descanso, es un importante foco de turismo.
Rufas nos cuenta una curiosa teoría sobre un triángulo energético positivo que facilita el bienestar y la paz que se respiran. Nos explica, además, que esta zona del Pirineo es especialmente apropiada para el ocio en familia. Hay agua, montañas, actividades deportivas, arte, rutas ecológicas, una gran variedad de flora y fauna y una oferta muy buena de casas rurales de todos los precios y de albergues. En invierno se puede esquiar en las pistas de Canfranc, Panticosa o Piau Engaly y en verano hacer las rutas del Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido.
Y sigue Rufas hablando de su entorno: “Formamos parte de la Ruta mariana que une Torreciudad con el Pilar, Lourdes, Montserrat y Meritxell… Y además hay otra ruta más terrenal que es la del vino, formada por quince bodegas, dos museos dedicados al vino y siete comercios especializados, cuatro almazaras y queserías y 18 restaurantes, algunos de ellos con estrella Michelín y otros sin estrella pero con productos de primera”.
Concluimos que, si nos perdemos por la zona, con hambre no nos vamos a quedar. Y también coincidimos que en los alrededores de un hospital del que los enfermos salen curados es muy bueno que haya vino… Que las fiestas ya sabemos todos cómo hay que celebrarlas.
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Un botiquín que se precie sirve para hacer curas de emergencia básicas. Aquí dejamos algunos recursos que pueden ser de utilidad para los peregrinos.